La honda de David De Lima

La honda de David De Lima

Si se nos apura a escoger algún personaje público víctima del salvaje proceso de polarización política que vive este país, de forma inmediata llega a la mente el nombre de David De Lima, sometido a feroz escarnio en cualquier red digital o medio impreso venezolano. De forma casi obsesiva, gacetilleros de poca monta, segundones sin oficio, politiquillos de parroquia, o beneficiarios de canonjías de diverso pelaje, disparan cotidianamente contra esta figura, a no dudar brazos ejecutores de viejos enemigos de cualquier bando, sin que me anime ningún afán “detectivesco” para precisar sus identidades. El empeño destructivo contra De Lima en más de una ocasión ha asumido ribetes delirantes, como la publicación diaria en redes durante enero de una rústica invectiva plena de insultos y de agravios, “pieza” que luego se replicó un sinnúmero de veces, para íntima satisfacción de quienes mueven esos teclados.

Conozco a De Lima en el plano personal, no tanto en el político, dada su discreción en ese terreno. Lo conozco bien en su vida privada, pero en la pública no voy mucho más allá de lo que reseña la prensa, tanto la que hace gala de un mínimo de objetividad, como la que exhibe un marcado sesgo en su contra. Sin embargo, considero oportuno  presentar en rápidas pinceladas algunos de los muchos rasgos que en él aprecio.

David ha resultado ser una caja de Pandora para muchos. En su natal Anzoátegui sus colegas políticos lo recibieron con cierta sorna, cuando se instaló allí a inicios de la última década del pasado siglo, procedente de Caracas, donde avanzaba en su carrera sin mayores contratiempos. Adheridos al estereotipo que asocia el sobrepeso corporal con docilidad de carácter y lentitud de movimientos, quedaron impresionados al constatar la extraordinaria agilidad de su mente y la firmeza de sus convicciones, acompañadas por una clara voluntad de poder, todo esto sustentado en una dilatada experiencia en ese campo. 

El antiguo gobernador comenzó su andadura política apenas iniciada su adolescencia, al encontrarse entre los fundadores del Movimiento al Socialismo en Monagas a los catorce años de edad. Luego fue un connotado dirigente estudiantil en los establecimientos de la educación pública en Maturín, antes de dar el salto a la UCV, donde ocupó altos cargos en la directiva de la Federación de Centros Universitarios. Fue la única etapa en la que pudimos mantener cierta interacción en la arena política, con alguna distancia ideológica, mientras yo me desempeñaba como delegado estudiantil ante el Consejo de la Facultad de Medicina. Entonces pude apreciar muy de cerca su posteriormente reconocida astucia en el diseño de estrategias y su audacia en la ejecución táctica dirigida al logro de los objetivos planteados. Esto también lo pudieron certificar en Anzoátegui, donde accedió a la Gobernación a los pocos años de la vuelta a su terruño, para realizar una notable gestión, con destacados logros en lo social y en infraestructura. Que lo digan quienes se desplazan habitualmente por la autopista Cantaura-El Tigre, a cuyo trayecto no ha agregado un centímetro ninguna de las gestiones posteriores a la suya. Que lo certifique alguno de los más de veinte mil niños que recibieron constante atención nutricional mientras fue la cabeza del Poder Ejecutivo en esa importante entidad federal.

De Lima, luego de esa carrera de claros logros en el mundo del poder –aunque también con sus baches–, decidió apartarse hace más de tres lustros de la escena pública y retirarse a labores empresariales y a asuntos vinculados con el Derecho en distintas latitudes, firmando para un prestigioso escritorio internacional con oficinas en las principales ciudades del mundo. Al ser su identidad la de un político de raza, no es que haya abandonado esas lides, sino que voluntariamente decidió no estar en las primeras líneas de combate, concentrando sus actividades en asesoramiento y consultorías, tanto en Venezuela, como en otros países, donde ha prestado y presta servicios a destacados políticos y emprendedores. Sus acciones se basan en su inagotable capacidad de trabajo, en una sólida formación intelectual que abarca desde la historia hasta las artes, y en la solidaridad que lo inspira, valor que conocen bien sus familiares y amigos, a quienes ha apoyado en momentos difíciles y en tiempos desventurados.

Entregado a esas actividades lo he observado todo este tiempo, para toparme ahora con la sorpresa de su señalamiento como “oscuro villano” de esta sórdida función teatral que es la política venezolana. Si pienso en las sanciones de la OFAC, al menos para mí, basta cualquier participación por parte de Donald J. Trump o de alguno de sus más cercanos colaboradores en la elaboración de un tal listado, para dudar de la veracidad de su contenido. Si pienso en el señalamiento de “comprador de conciencias” en el campo de la oposición venezolana, me asombra lo barato de las mismas, ya que pareciera que se ha hecho dueño de un alto porcentaje de ellas en muy poco tiempo, mercado muy depreciado y constantemente a la baja, drama para cualquier democracia en el mundo, necesitada de una oposición seria y fuerte, y no de estos actores de opereta, casi siempre desafinados y con pésima técnica vocal.

En este país la psicología del rumor tiene un peso desmedido. Los mismos que ahora pretenden su linchamiento moral vía express, son fuente constante de falsas noticias, y al mismo tiempo deberán rendir cuentas algún día de los ingentes recursos que han manejado para su propio provecho, en uno de los más brillantes despliegues de hipocresía y de cinismo de nuestra historia, al mismo nivel que ellos atribuyen a sus adversarios.

De David se habla en los salmos, que quizás él mismo haya escrito (Tenle en cuenta, Señor, a David/ todos sus afanes) (Salmo 132,1), pero también de los hermanos (Vean: ¡Qué bueno, qué grato/ convivir los hermanos unidos!) (Salmo 133,1). Porque por encima de la diversidad y de la pluralidad, se alza la fraternidad. Por eso digo junto a Rilke: escucha corazón, como sólo los santos escucharon.

La honda de David está en el aire.

Miguel Ángel De Lima

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